El dilema Kastner

23/Jul/2012

El País, Uruguay, Luciano Alvarez

El dilema Kastner

21-7-2012
LUCIANO ÁLVAREZ
Más de 200.000 entradas de Google repiten por estos días la misma, breve, noticia: la detención de Laszlo Csatary, de 97 años, pomposamente llamado «el criminal de guerra nazi más buscado del mundo», responsable de enviar a los campos de la muerte a unos 15.000 judíos húngaros.
Hungría es un caso excepcional en el panorama del Holocausto. Era un estado aliado de la Alemania nazi que practicaba un antisemitismo que no incluía el exterminio. A principios de 1944, cuando la derrota alemana era ya inexorable, aun vivían allí 825.000 judíos. Sin embargo el 19 de marzo de 1944, llegó a Budapest Adolf Eichmann y su aparato burocrático criminal de apenas 200 hombres. Desde esa fecha, hasta el 24 de diciembre de 1944 fueron deportados más de medio millón de judíos; cuatrocientos cincuenta mil de ellos en apenas dos meses; una eficacia espeluznante y una gran pregunta: ¿Cómo lo lograron? De esta compleja trama apenas sacaré un hilo: el caso de Rudolf Kastner.
En 1953 Kastner ocupaba un importante puesto en el gobierno israelí. Durante la guerra había sido uno de los líderes del Comité Húngaro de Ayuda y Rescate de la Agencia Judía, encargado de salvar al mayor número posible de víctimas.
Entonces apareció Malkiel Gruenwald, un judío húngaro que pasaba los setenta años y publicaba a sus expensas un boletín de tres páginas, primitivamente impreso a mimeógrafo, cuyo único redactor era el propio Gruenwald. Lo repartía personalmente en cafés y otros lugares públicos de Jerusalem, la gente se lo llevaba y quién sabe si lo leía. En todo caso no pasaba de ser considerado un excéntrico. Más tarde, sus enemigos dirían que, además, era adicto al opio.
Un día denunció que Rudolf Kastner había colaborado con Eichmann en la deportación de los judíos húngaros, ocultando conscientemente a la comunidad el terrible destino que les esperaba, mientras negociaba la salvación de un grupo de judíos ricos y selectos entre los que se encontraba su propia familia. También le acusaba de haber testificado en Nuremberg en favor de Kurt Becher, uno de los criminales nazis con los que había negociado.
¿Quién podría prestar atención a las denuncias de aquel personaje singular de rotosos zapatos? Sin embargo el Gobierno de Israel, encabezado por el mítico David Ben-Gurión denunció a Gruenwald por difamar a un funcionario gubernamental.
El abogado de Gruenwald, Shmuel Tamir, estaba decidido a convertir la defensa en un ataque, pero carecía de elementos hasta que encontró un documento clave. Entonces interrogó a Kastner sobre el supuesto testimonio a favor de Becher, el oficial nazi. «¡Ésa es una mentira mugrienta!», protesta Kastner. El abogado extrae un documento y lo lee en voz alta: «Yo, el Dr. Rudolf Kastner, (…) quiero hacer la siguiente declaración. (…) No hay duda alguna que Becher pertenece a los muy pocos líderes de la SS que tuvieron la valentía de oponerse al programa de aniquilación de los judíos, y trataron de salvar vidas humanas… Yo tuve contacto personal con Becher desde junio de 1944 a abril 1945 y quisiera enfatizar, en base a mis observaciones personales, que Kurt Becher hizo todo lo que le era posible por salvar vidas inocentes de la furia ciega de los líderes nazis… (…) Hago esta declaración no solo en mi nombre sino también en nombre de la Agencia Judía y el Congreso Judío Mundial.»
Entonces salieron a la luz los hechos fundamentales. «Eichmann y sus hombres,» escribirá Hannah Arendt, hicieron saber a los líderes judíos que estaban disponibles para llegar a arreglos si cooperaban. Esta maniobra conllevaba ciertas dificultades porque los dirigentes judíos» ya conocían el fatal destino de los trenes de deportados. Eichmann explica que quiere hacer un trato: «Sangre por Cargamento y Cargamento por Sangre.`(…) Estoy dispuesto a canjear un millón de judíos por diez mil camiones» También dio a entender que él y sus oficiales estaban abiertos al soborno. La conclusión de Arendt es terrible: «En ningún otro país gastaron los judíos tanto dinero para obtener tan poco.» El único acuerdo que logró negociar Kastner fue la salida de 1.684 judíos que pasaron a Suiza en lo que se conocería como «el tren Kastner», y así salvaron sus vidas tras el pago de un rescate de mil dólares por cabeza, mientras el propio Kastner se encargaba de calmar al resto de la colectividad asegurándoles que los trenes en los que eran embarcados no tenían como destino los campos de la muerte. Luego de diecisiete meses de proceso, el juez Benjamin Halevi, dictó una sentencia de más de 300 páginas: exoneró a Gruenwald y acusó a Kastner de haber «vendido su alma al diablo».
Inmediatamente, el caso remata como una película de espionaje y conspiración: El 3 de marzo de 1957 Kastner fue asesinado por un activista de extrema derecha y ex agente israelí. El caso moría con Kastner. El asesino, condenado a cadena perpetua, fue indultado luego de siete años.
Ben Hetch, el más célebre guionista y dramaturgo de Hollywood y militante sionista, asistió al juicio y lo describió minuciosamente en un libro de título sugerente: «Perfidia» (1961). Poco tiempo después, en 1963, Hanna Arendt trataría el tema en «Eichmann en Jerusalem» y tampoco sería condescendiente con Kastner.
En opuesta tesis a Hetch, Arendt y sus seguidores, Joseph Lapid que fuera presidente Yad vaShem, el museo memorial del Holocausto en Jerusalén, sostiene que «no ha habido ningún hombre en la historia del Holocausto que haya salvado tantos judíos, y que haya sufrido tantas injusticias como Kastner.» El historiador Yehuda Bauer agrega que «hizo la única cosa que era posible. (…) He dicho muy claramente que fue un héroe judío. Quizás un desagradable héroe judío, de acuerdo, pero un héroe.»
Pasado más de medio siglo de su asesinato, el caso Kastner aun es objeto de disputa. La discusión se ocupa menos de desmadejar los intrincados pormenores capaces de esclarecer los hechos que de juzgar, apelando sobre todo a la descalificación de las tesis opuestas mediante argumentos ideológicos y hasta personales.
Nadie parece dispuesto a reconocer que el caso Kastner encierra un dilema, un problema que puede resolverse solo mediante dos soluciones, ninguna de las cuales es completamente aceptable.